En una de mis tantas caminatas, cansado y con un fuerte sentimiento de una melodía para el corazón, entré en aquel bar. "Un mojito con amor" dije a la chica de la barra, ella contestó con cierto tono utópico: "Sale un mojito, pero el amor tendrás que buscarlo tú mismo". Aquella frase despertó a mi dormido ser, desconcertado por aquel axioma cotidiano y tan trivial que pasa desapercibido, al amor hay que ir a encontrarlo, hay que pelear con fantasmas, necromantes y dragones para al fin disfrutarlo.
La chica regresó con mi bebida, era un vaso de ensueño, gotas heladas lo acariciaban, el verde color le daba la armonía perfecta, inclusive mis manos se veían bien con el recipiente, y mientras admiraba la creación, la música paró en seco, un pálido muchacho subió hasta la mitad de las escaleras, a la vista de todos, su bella guitarra comenzó a vomitar una melodía, quedé anonadado con ese Songorocosongo tan hermoso.
Miré a mi lado y un par de bancas más allá estabas tú, fumando un cigarro con una gran sonrisa. Una mano en mi hombro me hizo despertar del sueño en el que estaba atrapado. Con la mirada al frente nuevamente, vi a la chica de la barra: "Este va con amor, ahora ve y disfrútalo con ella, la casa y el destino te invitan"...
Continuará en la parte 2